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Las musas no me visitaron, y no hay nombre para esto

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Las musas no me visitaron, y no hay nombre para esto
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Uno ni creería de dónde se asoman las ganas. Y por ganas no me refiero a las ocurrencias, a veces absurdas, del hígado. Tiene más que ver con lo que aflora, de la nada, y se convierte en una necesidad de transformar. Algunos lo llaman inspiración.

Yo lo veo más como una forma de proyectarnos; aunque no sepamos qué queremos, es cuestión de tiempo para topárnoslo y, ya entonces, reconocerlo y encogerse de hombros. La inspiración es más un conjunto de paranoias y obsesiones que un ente sagrado y generoso.
Aunque papaíto Estado se ha empeñado, durante siglos, en crear espacios que nutran al ser humano de cultura y buenos momentos, el aire, por sí solo, se ha encargado de hacer el mismo trabajo, sin la necesidad de inversiones colosales, convocatorias, y becas sensibles para personas sensibles. Podrá ser fructífero pasar una tarde en el Louvre y mirar a muchos metros de distancia la Mona Lisa en vivo y a toda calor, pero hasta eso se queda corto después de pasar una tarde en la playa y descubrir que las almejas, puestas dentro de una cubeta con agua, sacan su lengua, todas juntas, desde el fondo.
Lo que nos empuja a hacer las cosas y que de eso emerja algo tal vez más complejo que su origen por sí solo, con frecuencia resulta inimaginable. No porque la fuente del asombro ni la cuna de las grandes obras sean sublimes, sino porque somos nosotros quienes entramos en la labor de tomar algo y transformarlo en otra cosa aún más pendenciera; aquello que nos despierta el ingenio puede ser ya hermoso por sí mismo, o un hecho o imagen sencilla que al parecer no dice mucho. Nadie sabe qué es lo que aflora las ideas que después son trabajadas hasta hacer ruido, pero es seguro que el proceso sea un mero acto de proyección que nos remita a un bicho ya rumiando en nuestro inconsciente, y sólo sea un detonante para que las bestias salgan, en vista de que intentemos ponerles correa y las saquemos a pasear.
Podríamos pensar que el señor Daniel Sada dio con el título de "Porque parece mentira la verdad nunca se sabe" después de un cansado rumeo por las habitaciones de su consciencia,  o tras una kilométrica lista de experiencias y lecturas que lo hayan llevado a dar con el nombre en forma de epifanía. Nadie imaginaría que aquello emergió mientras recorría una central camionera, hasta escuchar a alguien decir lo que terminaría por ser el título de una de las más barrocas y asfixiantes novelas de la literatura mexicana. Al señor William Faulkner nos lo podemos imaginar en sobrevuelo, dentro del avión que él pilotea, o bebiendo whisky, solo y sin camina, con el sol del rancio Mississippi frente a él, mientras espera que le llegue alguna imagen lo suficientemente fuerte como para hacerlo levantarse y comenzar a escribir. Pero no nos pasa por la mente, de buenas a primeras, que le haya despertado más el contemplar las pantaletas de alguna niña, secándose, pendientes de una soga al lado de su casa. Las ideas pesadas suelen partir de la levedad.
Ya nos hemos encaminado en la cruzada por buscar la vena que explote nuestra creatividad en lugares que traigan el ingenio intrínseco. Una estancia artística en un país extranjero, un café o cantina llena de bohemios y personajes, el museo de alguna capital que figure en nuestra utopía personal, encuentros con más artistas que despierten aún más inquietudes y nos orillen a la generación de ideas. Una novela, una canción, el cuadro del pintor romántico e insomne que muere de hambre y no alcanza a presenciar su reconocimiento tardío. Todo eso suena más prometedor que la plática rampante entre dos señoras en el mercado.
A Hemingway le funcionó ir de pesca, boxear, las corridas de toros, morir de calor en Paris, e ir a la guerra y regresar herido. A muchos nos bastaría ir a la presentación del nuevo libro en la mesa de novedades y escuchar preguntas necias desde el público, dirigidas al orgulloso escritor.
Si algún día traemos la consciencia tan cansada como para pasar por alto las fuentes potenciales de ingenio, y los ojos o el oído lo suficientemente sensibles como para que nos golpee, de la nada, algo sencillo, y que nos sepamos entonces hundidos, desvalidos, pero con la mente clarificada, entonces habría que rasgar una sonrisa, y admitir que, otra vez, el aire nos ha pegado duro.
Suena romántico e ideal suponer que las grandes obras de arte fueron producidas por mera necesidad creativa y dejar que retozaran los demonios del autor. Al menos suena más bonito -esa es la definición precisa- que imaginar su concepción más a raíz del insomnio, deudas, o un hambre que de pronto comenzó a ladrar. Pero lo monstruoso de todo aquello es su naturaleza como producto alquímico; de cómo se logra transformar algo sencillo y mudo en un fantasma con la capacidad de quitarnos el sueño. También buscar la inspiración es terco e inútil, cuando ésta llega sin avisar, a veces en el peor momento, e incluso cuando no sabemos -ahora ella frente a nosotros, bañada, pintada y peinada- qué hacer con ella. Porque la inspiración -ese ente con tan feo nombre- es más transpiración que otra cosa, y no nos da su tarjeta ni se presenta; se deja venir, nos aplasta, y nos ahoga. Si sobrevivimos, si nos queda aire al final de todo, si sabemos cómo lidiar con ella, cómo tener el valor y la fuerza para darle forma, entonces tal vez comprendamos lo inútil y ridículos que tal vez nos vimos alguna vez, contemplando cuadros renacentistas con la mano en el mentón, o en una silla empolvada de alguna cantina para escuchar pláticas trascendentales sobre la existencia del ser humano.
El producto del ingenio, ya en forma, es más parecido a un morete que al toque delicado de una musa; es lo que queda de una serie de golpes asestados; no sabemos quién dio el último, cuando nos dejan caer otro. Y entonces, algo queda. De pronto le prestas atención a ese cúmulo de sangre coagulada. A veces tarda años en agarrar forma el morete; esos mismos años que muchas veces cuesta el entender que, sí: fuimos golpeados. Una, y otra, y otra vez, y somos moldeados. Somos maleables sin darnos cuenta, como si fuéramos un muñeco de plastilina; a veces los toques sutiles son los más importantes, pero el modelado duro está, en primera instancia, para definir.
No nos desilusionemos si llega un punto en que las musas se nieguen a visitarnos, cuando más nos azota la urgencia de sabernos creativos y sensibles; seguro están dormidas. Pero mientras ellas descansan, todo lo demás estará vuelto caos, de fiesta, en miras de ensordecernos, y dejar que las almejas, desde el fondo de una cubeta con agua, nos saquen la lengua y se rían de todos nosotros. Y porque parece mentira, la verdad nunca se sabe.
 
Isabel Hion Castro
El discurso de la literatura

Comentarios (1)

  • sinaleph

    sinaleph

    21 Junio 2012 a las 18:52 |
    ¿De dónde salió la idea para comparar a la inspiración con un morete?
    Dijo algún día Facundo Cabral que la primera vez que cantó "No soy de aquí ni soy de allá" lo hizo totalmente borracho y que al día siguiente ya no la recordaba. He de creer que la inspiración siempre tiene diferente génesis.

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