Jun
14

El ruido de nuestros muertos

Categorias: AdQat Literatura

El ruido de nuestros muertos
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Tal vez el discurso de la muerte, por sí solo, resuena más que el de la vida. Pero no podemos estar seguros, porque sólo conocemos el cansado arte de respirar. La muerte trastoca la existencia de los vivos, pero no hay forma de que los vivos generen sentimiento alguno sobre los muertos.

El ruido de nuestros muertos

 
En 1904 James Joyce dejó de lado su hambre por consolidarse como el hombre de los juegos complejos de lenguaje, para sólo escribir un compendio de relatos titulado “Dublineses”. Pese a que solemos recordarle por los intocables “Ulises” y “Finnegan’s wake”, “Dublineses” encapsula con mayor precisión gran parte de su poética y estilo. No sé en qué momento –pero sucedió- Joyce decidió incluir la historia de un matrimonio que viaja a una cena familiar ruidosa y estrafalaria; esas mismas cenas que todos conocemos, donde las tías bailan, arman chismes, y aparece el tío borracho para poner un ladrillo más en las construcciones morbosas de aquellas mismas tías argüenderas ya encomendadas al fino arte de la confabulación. Lo que importa es que la mayor parte del cuento se lleva a cabo en la fiesta, y que sólo al final, cuando la pareja regresa al hotel donde se hospeda, el giro de tuerca que hace Joyce nos lleva a que la historia se centre en el recuerdo de un joven, ya fallecido, de quien la esposa estuvo enamorada.  Los muertos, nos muestra Joyce, tienen la capacidad de ser evocados a través del recuerdo ajeno con más fuerza y cariño que la mayor parte de los vivos con quienes nos vemos en la necesidad de interactuar.
En “El altar de los muertos”, de Henry James, retrata el mismo desequilibrio entre el cariño por los vivos y por los muertos, donde un viudo forma un lugar físico e imaginario en el que sitúa a cada uno de sus fantasmas;  aquellas personas que mantiene en vida por medio de la memoria y el cariño latente, pese al paso del tiempo. Tanto el relato de Joyce como el de James fueron adaptados al cine, y a eso no podría llamársele coincidencia, sino un mero atributo natural en la condición humana: el peso de quienes se han ido puede tener aún más valor que el de quienes permanecen con vida junto a nosotros.
Cuanto más feroz embiste el tiempo y sacude tierras, más necesario es recordar. Hay  quienes persisten en la idea de que la memoria se les duerme a muchas personas , y que a otros, a base de golpes y tropiezos, se les refuerza y va cobrando vida. Memoria holgazana y memoria chambeadora; las hay ambas, según el caso. Lo cierto es que acá, en el reino de los vivos, traemos la cabeza pesada y la espalda adolorida por tantas voces que ahora nada más resuenan como eco, pegadas al oído. Nos enseñan desde niños a rendir tributo a quienes ya no están con nosotros, y que retomemos, en vida, lo que otros comenzaron antes de partir. Ya no nada más los héroes nacionales que figuran en  libros de Historia de la SEP, sino también nuestros padres, abuelos, bisabuelos; las banderas de los países del mundo huelen más a muertos que a la generación en turno.
De eso trata, básicamente, todo lo que hacemos; actuar y trascender, porque somos mortales y algo hay que dejarle al mundo. Tal vez alguien se acuerde de nosotros como nosotros nos acordamos de los ídolos y personajes que decidimos enjaular en estatuas, calles, libros y días en el calendario. George Steiner habla de América como el continente que rinde tributo al presente y a lo nuevo, mientras que Europa persiste en su culto por el pasado y las cenizas de los que han erigido imperios; mientras Estados Unidos tiene un Sunset Boulevard, Francia nombra calles y más calles en honor a Balzac y a Montaigne. Acá en México el asunto es curioso, porque lidiamos con la muerte desde pequeños, y nos enseñan a hablar con ella y a festejarla con serpentinas y globos.
Pero ni el tan famoso culto al presente podrá quitarnos la deuda que en algún momento llegamos a sentir por los que ya se fueron. Con cada guerra, trifulca y revolución que toma armas en el mundo, se nos dibujan muertos en potencia y recordamos a los que ya lo son. Los períodos de transición también son una excusa generosa para darles nombre y valor a quienes en un momento estuvieron en contextos similares.
Tal vez el discurso de la muerte, por sí solo, resuena más que el de la vida. Pero no podemos estar seguros, porque sólo conocemos el cansado arte de respirar. La muerte trastoca la existencia de los vivos, pero no hay forma de que los vivos generen sentimiento alguno sobre los muertos. Además de eso, tenemos como intermediario a la memoria, porque sólo así revivimos a los que ya no están, y sobre ellos cae tanto poder que, de nuevo, nuestras acciones y ejes de pensamiento se ven delimitados por una esencia imaginaria de alguien que tal vez nunca conocimos, pero que la historia y nuestro hígado se han encargado de retratar y de adjudicarle un valor.
Nos hemos empeñado durante mucho tiempo en educar con base en la memoria, y el olvido, por otra parte, es inconcebible. No se nos tiene permitido olvidar porque eso implicaría recomenzar, y la libertad que viene con ello podría ser algo para lo cual no estamos preparados. Los muertos pesan, y duelen, pero tenerlos presentes nos permite creer que somos dueños de un pasado; ya que el futuro jamás será nuestro –porque no existe- habremos de aferrarnos a lo que dejamos atrás.
Realmente no importa por qué mueren las personas; lo que importa es que se van. Incluso nuestra concepción de historia se ve delimitada y supuesta por la imaginación, que es generosa, pero es imposible indagar en el mundo que les pertenece a los muertos, en la ingenua suposición de que esa dimensión existe. Lo  que sí existe es la realidad que construimos a partir de ellos, y el mar de posibilidades generado a partir del silencio. Luchar en nombre de quienes lucharon y ya no están con nosotros, alzar la voz por quienes ya no pueden hablar, sostener el mundo que una vez los muertos intentaron cargar, continuar un linaje sano y armónico que ya nuestros antepasados cimentaron para que nosotros pudiéramos terminarlo. Si es cierto que los muertos nos gritan de noche y se abalanzan sobre nuestra conciencia, entonces podemos estar seguros de que el ejército que comandan es uno solo, y somos nosotros quienes nos encargamos de interpretarlo y, muchas veces, dividirlo.
El personaje principal de “El general del ejército muerto” de Ismail Kadaré adopta una responsabilidad parecida: ir en busca de los soldados muertos en la batalla contra Albania y que nunca regresaron. El viaje para ir a rescatar sus restos es sólo una excusa para que el general imagine cómo hubiera comandado esas tropas de manera que aquellos soldados nunca hubieran muerto en territorio extranjero; aquellos que no están más con nosotros proyectan aquello por lo cual decidimos responsabilizarnos, y rendirle cuentas al pasado es una forma justa de que alguien, en el futuro, se vea en la necesidad de rendirle cuentas a nuestro recuerdo.
Los fantasmas, otra vez, restregándonos su existencia y picando nuestras costillas como forma de avisar que no se han ido; que una parte de ellos continúa en el mundo terrenal. ¿Y quién les dio derecho de gritarnos? ¿No les basta con haber vivido, sino que han decidido permanecer aquí gracias a nuestra imaginación, y a nuestras tiernas culpas? Los muertos pueden ser la mascota más obesa y difícil de mantener. Y ni el alma espiritista de Francisco I. Madero ni el fantasma que se le apareció como epifanía de lo que debía hacer para salvar al país han sido suficientes para que hallemos concilio con la muerte.
Nos preparan para mentirle a los padres, a quienes admiramos, a los que deseamos hundir. Nos preparan para alzar cabeza con una máscara pegada a la piel. Nos preparan para ser fuertes ante cualquier ataque. Nos preparan para todo, menos para mentirle a nuestros muertos. Tal vez no sea la lógica, sino el tiempo, el que nos demuestre que no somos nosotros quienes los enterramos; sino ellos quienes lo hunden a uno. Al parecer, es más razonable escuchar el canto de los difuntos como un fado, que como mero registro de causantes. Y cada quien escucha el himno de la muerte a su conveniencia.
 

Isabel Hion Castro                                                 

Comentarios (2)

  • Carlitos

    Carlitos

    14 Noviembre 2012 a las 18:31 |
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  • Carlitos

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    14 Noviembre 2012 a las 18:32 |
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