Jul
22
Percepción, interpretación y realidad
Había una vez, en un reino muy muy lejano, una niña que se llamaba la Caperucita Roja, a quien un día su mamá mandó a llevar provisiones a su abuelita, una dulce ancianita que vivía en el centro del bosque. La madre advirtió a la Caperucita que no se desviara del camino, pues podría toparse con el temible lobo feroz, quien seguramente trataría de confundirla y distraerla en su camino para hacerla presa y devorarla sin piedad.
Una de las primeras lecciones que recibimos los profesionales de la comunicación es sobre el fenómeno de la percepción y la interpretación. Quienes tenemos el oficio de construir y emitir mensajes en las organizaciones, en las instituciones o al espacio público sabemos que nuestras palabras siempre serán pasadas por el filtro de la interpretación.
“Puedo hacerme responsable por todo lo que digo, pero nunca podré tomar responsabilidad por lo que usted entiende”. De modo que, al estructurar un mensaje, no siempre es posible prever sus efectos con exactitud. Siempre habrá lugar para una interpretación diferente, opuesta o incluso fallida de nuestra intención original.
Entonces, para construir un discurso tendríamos que basarnos en referentes más o menos certeros y establecer con relativa exactitud lo que queremos decir y cómo queremos decirlo; por otro lado tendríamos que aplicar mecanismos de construcción discursiva que nos permitan anticipar, en mayor o menor medida, lo que nuestra audiencia podría interpretar. Menudo lío.
Recuerdo muy bien una reunión de trabajadores en una empresa de manufactura en donde la mayoría de los empleados eran mujeres. En esa reunión, previa al diez de mayo, muchas de las trabajadoras solicitaron permiso para ausentarse un día después, durante el festejo de las madres, para pasar la jornada con sus familias. El gerente de la planta y supervisor del equipo lanzó entonces un largo y sesudo discurso en el que se refirió a la responsabilidad laboral, a la importancia del cumplimiento del deber, a lo indispensables que eran todas las trabajadoras para sacar adelante a la organización y lo crucial de asistir a su máxima responsabilidad todos los días. Al día siguiente no asistió ni una sola de ellas a laborar. “Nosotras entendimos que sí podíamos tomarnos el día –dijeron–. Nuestra principal labor y responsabilidad en la vida es como madres y por tanto acudimos con nuestras familias, si nosotros estamos bien, la empresa también lo estará”. El discurso provocó un efecto inverso.
También es posible encontrar ejemplos de que sucede exactamente lo contrario: el público receptor presenta una reacción predecible frente a un mensaje: recordemos el caso de Orson Welles y su versión radiofónica de La Guerra de los Mundos que indujo el pánico en las calles de Manhattan por allá en 1938. La explicación es muy sencilla: el público neoyorquino era todavía muy inocente frente a la novedad del lenguaje radiofónico. Lo que la historia a veces olvida es que el mismo fenómeno se repitió en 1949 en radio Quito, bajo la dirección del director Leonardo Páez, y después en 1998 en Portugal y México (bajo la dirección de Andrés Eloy Martínez Rojas) ¡con resultados similares!
Entonces, si analizamos el caso de los discursos políticos que circularon (y siguen circulando) en el espacio mediático y en el espacio público, descubriremos exactamente el mismo fenómeno pero a una escala de sofisticación mucho mayor: cualquier cantidad de interpretaciones en un mecanismo de relojería que ensambla engranes muy precisos tanto del lado de la construcción del mensaje, como del lado de su percepción. Lo que el emisor declara está –podríamos afirmar– fríamente calculado para disparar el gatillo de la motivación, el deseo, los miedos y las aspiraciones de la audiencia, sin descuidar la carga cultural o el entorno económico del público.
Por supuesto todo este tema pasa irremediablemente por otro llamado acceso a la información, y entonces es posible advertir que del juego de la interpretación podemos pasar sin aspavientos al juego de la confusión y la manipulación, tal como se afirmó días atrás en este mismo espacio, en el cual también se nos ha ofrecido una gran cantidad de datos sobre las percepciones de los ciudadanos alrededor de distintos ámbitos del país (Mexicómetro). Una audiencia que no tiene acceso a todo el espectro de información es tremendamente susceptible de ser manipulada.
En este acitrón-de-un-fandango argumentativo e interpretativo, un indicador que es preciso atender es el del acceso a la información vía Internet y las tecnologías de información, la llamada brecha tecnológica en la que nuestro país muestra números preocupantes (Informe White Paper, CINESTAV 2011). También tendríamos que señalar el tema de la libertad de expresión en el cual hemos observado movimientos inquietantes.
Así las cosas, el resultado es un reino muy muy cercano, en el que el lobo feroz es el bueno, la abuelita es una bestia despiadada, el cazador no existe y la caperuza es un remedo de suripanta confundida que ignora la diferencia entre el camino corto y el camino largo.
Enrique Páez Agraz
Consultor en comunicación. Y actual coordinador de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación del ITESO.
twitter: @zapeaz
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Comentarios (4)
miquelcn
jvr_rz
Saludos.
JOrge Arias
saludos y buen día
Evaline