Abr
12
París no era una fiesta
A finales del siglo XIX, Alfred Jarry era famoso no sólo por parodiar la figura del tirano en su obra de teatro "Ubu Rey", sino también por andar en bicicleta por las calles de Paris mientras apuntaba con la mano, a manera de pistola, a todo aquel que él considerara como falso artista. Esto, de performance, no tenía nada; si debía limitarse a usar una pistola imaginaria era porque ya había sido detenido en una ocasión por la policía de Paris al haber disparado de verdad a uno de esos falsos artistas.
París no era una fiesta
A finales del siglo XIX, Alfred Jarry era famoso no sólo por parodiar la figura del tirano en su obra de teatro "Ubu Rey", sino también por andar en bicicleta por las calles de Paris mientras apuntaba con la mano, a manera de pistola, a todo aquel que él considerara como falso artista. Esto, de performance, no tenía nada; si debía limitarse a usar una pistola imaginaria era porque ya había sido detenido en una ocasión por la policía de Paris al haber disparado de verdad a uno de esos falsos artistas.
Gracias a Jarry, la imagen del intelectual rampante se empezó a hacer más común; mientras Francia tenía a su pistolero-ciclista-dramaturgo, México se dio el lujo de tener, un siglo después, a un ranchero escandaloso que un día decidió dejar todo por aventurarse en la romántica vida de actor en Francia; Juan José Arreola, también en su bicicleta, recorría la ciudad de un lado para otro con su gabardina gigante.
Así como Jarry, Arreola y muchos otros intelectuales respetados de su tiempo, nuestra sociedad continúa con estereotipos de "hombres y mujeres pensantes" que son respetados y tomados en cuenta para intentar comprender el mundo. Quien persista en la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, entra con facilidad en los estándares de romántico incoherente que no tiene argumentos para fundamentar sus comparaciones; si concibes que el ambiente de Pamplona a mediados del siglo XIX fue mejor que pasear por la Condesa hoy en día ha de ser porque su fabulosa máquina del tiempo es bastante poderosa, o que tanta droga dura podría estar, en efecto, acabando con nuestra generación.
Los intelectuales del siglo XIX eran respetados porque estamos hablando de la posguerra, y si nos remitimos a Viena, con mayor razón podrán comprender a qué me refiero cuando digo que la imagen del intelectual era sumamente necesaria y, por supuesto, bien acogida; el iracundo Karl Kraus estaba al mando de la publicación crítica "La antorcha" y la utilizaba como forma de desquitarse de todo aquel que él considerara falso, imbécil, vendido o mediocre. Hoy en día eso cuesta más trabajo porque las editoriales quieren vender. Porque estamos en temporada de elecciones presidenciales. Porque la mayor parte del gremio "unidad vulgo" intelectual está enojada, tiene hambre -de cosas que nunca lograremos definir-, y están más preocupados por criticar siempre al intelectual de la tiendita de enfrente que por crear y dejar que la obra se defienda por sí sola.
La figura del intelectual pasó de ser risible y extravagante a lo que yo llamo en mi imaginación "Perro flaco feo". El Perro flaco feo está siendo destituido, cada vez con más brusquedad, del ámbito de opinión en nuestra sociedad. Todo aquello que pudo haber sido dicho por Hemingway, Kraus o Proust ahora podemos topárnoslo, de pronto, en el Timeline de Twitter, en foros de internet, en cualquier columna de un medio de divulgación, y un kilométrico y absurdo etcétera. Esta idea podrá parecer exagerada para los puristas, pero es de acuerdo común saber que la lucidez de cualquier intelectual extravagante de siglos pasados puede verse más parecida a la de los viejos borrachos que encontramos en cantinas, pueblos y en plena madrugada por la calle, que con los Perros flacos feos invitados de honor en encuentros literarios donde el Estado tiene la bondad de pagar por el coctel de bienvenida y la borrachera de clausura.
El Perro flaco feo necesita estar borracho para comenzar a bajar la guardia y aceptarse a sí mismo como un figurín, sí, pero ya un poco dolido y con el recuerdo aún fresco de aquella pubertad en la que creía en Bukowski y en redimir la literatura de hígado. Lo que en el siglo XX eran cafés en Bohemia y Viena plagados por simples mortales que en aquel entonces eran sólo Don Fulano Lenin, Don Fulano Hemingway y Don Fulano Roth, ahora son cantinas y cafés donde los Perros flacos feos van a quejarse de las editoriales que les cambian la segunda de forro, a intercambiar datos y fechas límite de convocatorias para becas y concursos, textos impresos en casa, y con el ingenuo aroma de que sus amigos Perros flacos feos aplaudirán y les dirán que son el futuro de la literatura contemporánea. El intelectual extravagante tenía al maldito borracho de Hemingway haciendo boxeo de sombra mientras cojeaba, y a nosotros nos dejan cualquier egresado de periodismo inconforme con el sistema, que sonríe en los encuentros literarios y llora por las noches, en su cama, al saber que será publicado por una casa editorial de renombre.
La figura del intelectual cada vez es menos necesaria, porque con tanto acceso a tanta información cualquiera puede ser intelectual. Los términos "periodista", "intelectual", "escritor", "filósofo" y "twittero" cada vez son más brumosos y ambiguos. Antes todo esto era más delimitado porque se era consciente de que estar informado era sinónimo de interés por la información y por divulgarla. Hoy esto ya no dice gran cosa y no tiene nada de malo. El intelectual siempre será respetado, aún por las clases sociales que, aparentemente, no tienen por qué estar interesadas en ello. Incluso en los pueblos ser "escritor" es tomado como ser gente de bien y el futuro de la nación; luego llega el alcalde e insiste en invitarte un tequila, en darte un tour por el ranchito y, si el absurdo es lo suficientemente generoso, hasta se animará a leerte sus piensos. El intelectual siempre ha sido merecedor de respeto, pero los matices pueden resultar escabrosos.
Por fortuna, tenemos a los Perros flacos feos, siempre pensantes y pioneros, desde un rincón de la cantina o el café; observando con odio a los pobres mortales que jamás podrán hablar de Borges y Kant con tanta lucidez como ellos. Tienen en la cabeza el pájaro muerto del pájaro muerto de John Fante y saben que la verdad sobre la vida está en tugurios, alcohol, drogas duras y países extranjeros donde desarrollar sus historias. Pero están tranquilos, porque el Perro flaco feo y Faulkner y Jarry tienen dos grandes cosas en común: el estómago vacío y la lucidez del insomnio.
Isabel Hion Castro
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