Abr
16
Discurso y Cultura Política
La forma en que las palabras son utilizadas puede cambiar nuestra forma de percibir el mundo. Nuestra subjetividad puede ser determinada por el desarrollo de un buen discurso, en este sentido, nuestro comportamiento hacia la política puede ser moldeado según la forma en que los argumentos se nos planteen mediante el embellecimiento de las palabras...
Discurso y Cultura Política
La forma en que las palabras son utilizadas puede cambiar nuestra forma de percibir el mundo. Nuestra subjetividad puede ser determinada por el desarrollo de un buen discurso, en este sentido, nuestro comportamiento hacia la política puede ser moldeado según la forma en que los argumentos se nos planteen mediante el embellecimiento de las palabras. Existe una relación entre el discurso político y la forma en que nos comportamos ante las esferas de poder: desarrollamos una cultura política.
La mayoría de nuestras actitudes, pensamientos y significados que conforman nuestro conocimiento están determinados por palabras que a través del discurso nos "mueven", es decir, nos impulsan para actuar de tal o cual manera. Dentro del campo de lo político, aquellas palabras empapadas de una retorica pueden incluso formar, moldear o hasta destruir nuestras ideologías políticas. Porque el discurso forma parte del conocimiento empírico y teórico, por lo mismo contribuye a la formación de nuestros juicios, tanto positivos como negativos. Es obvio que la formación de valores políticos no puede pensarse ni llevarse a cabo sin pensar en la utilización del discurso.
Con la manera en que las palabras se utilicen a través del discurso político (un buen discurso) se puede influir en un primer momento en la psique tanto individual como colectiva. Con esto mismo, se pueden compartir triunfos o generar decadencia. Por ejemplo, cuando se suscita la crisis de la representación política -desde finales del siglo XX- trae consigo también el descrédito de la retórica que permea el discurso de los políticos. Aquella vanagloria de las palabras en los estrategas públicos a ido perdiendo la esencia incluso de mover las masas, las cuales, ya no creen en las instituciones democráticas, modificando la percepción subjetiva ciudadana.
Este comportamiento negativo de la subjetividad ciudadana se refleja directamente en la cultura política de nuestro país, creando un ambiente de apatía y desdén hacia la democracia y sobre todo aquello que le corresponda, afectando incluso al discurso político, en donde los ideales democráticos son bellamente desarrollados mediante la retórica, pero todo queda ahí, en el arte de manejar un discurso. Éste no contribuye al mejoramiento de la cultura política, sino que se convierte en un palabrerío hostil y hasta aburrido.
Jaqueline Peschard nos dice que la cultura política está conformada por “los valores, concepciones y actitudes” que tiene la ciudadanía hacia el gobierno, en este sentido, dichos elementos pueden ser moldeados con un buen discurso. Se vislumbra una relación directa entre la legitimidad del discurso político y el desarrollo de la cultura política, en donde existe un proceso unidireccional, el cual, va de un buen uso del lenguaje para la formación del contenido valorativo de lo político hacia la modificación de las actitudes que tiene la ciudadanía para con su gobierno. Y es que el descredito de la sociedad hacia la política se materializa con las promesas incumplidas de los gobernantes, pero la percepción subjetiva está sustentada con la vana utilización de las palabras para "legitimar" dichas acciones, por tanto no es de extrañarse el escuchar que las personas no creen en lo que “dicen” y “prometen” los políticos. La deslegitimación de la política entra por el discurso y modifica las actitudes ciudadanas.
Los contenidos políticos del discurso ya no deben apuntar a la excesiva retorica, al desubicado embellecimiento de los argumentos o al estático entonamiento de las palabras.Pero esto no significa que no tengan éxito en la "praxis" discursiva, porque cuando un político entona un discurso, la gente que lo escucha parece explotar en aplausos y porras. Sin embargo, esta exaltación es efímera y no contribuye al fortalecimiento de la cultura política dentro de la democracia, porque los discursos esconden -mediante la oratoria- la esencia y resolución de las verdaderas demandas que emanan de la sociedad.
Y en el marco de las elecciones presidenciales en nuestro país, debemos analizar la forma y el fondo del discurso político que utilizan los candidatos, y observar si esos argumentos que escuchamos nos hacen actuar positivamente en nuestra cultura política. En la actualidad, el buen político ya no es el que mejor habla, porque si así lo fuera la retórica sería la materia prima de las políticas públicas, este embellecimiento de los argumentos sólo ha llegado al punto en donde nuestros políticos sólo nos dicen qué hacer pero jamás el cómo.
Jose Luis Rosario Pelayo
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