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Jul
13

Mi experiencia como insecto

Categorias: Adqat Editorial, AdQat Literatura

Mi experiencia como insecto
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Un día desperté convertido en escarabajo. No sé ustedes, pero en mi ciudad no estamos acostumbrados a que, después de una noche de sueño, nos levantemos con patas, alas y antenas donde antes sólo había piernas y brazos. En serio, no es normal. Tenemos, si acaso, la historia de un pobre hombre que, todas las mañanas, al despertar, se topa con un dinosaurio junto a su cama.

Al principio nos sorprendió; fue cuestión de tiempo para que no sólo él, sino todos en la ciudad, nos acostumbráramos a la presencia de ese dinosaurio en esa habitación de ese hombre. La capacidad del ser humano para dejar de sorprenderse se perfecciona cada vez más. Pero regresaré a la historia de cómo un día, al abrir los ojos, yo no era más una persona, sino un insecto con patas raquíticas.
 
Tal vez la parte buena de la historia radica en que nadie estuvo ahí para ser testigo de mi transformación. Vivir solo tiene grandes ventajas cuando pasas por momentos vergonzosos y, en cambio, es triste y desalentador cuando te sabes feliz y no puedes compartir tu alegría. “Nada hay tan cómico como la infelicidad”, dijo una vez Samuel Beckett; aquel irlandés con cara de ave de rapiña. En otro contexto mis padres y hermana habrían visto mi transformación de hombre a insecto; pero la cabeza de la cual he emergido decidió cambiar, a última hora, mi destino. No estoy seguro de qué sería más triste; si despertar un día convertido en bicho sin que nadie pueda corroborarlo, o tener a alguien frente a ti mientras observa, sorprendido, tu mutación. Se lo dejaré a libertad de quien está leyendo esto. Por otro lado, me gustaría narrar mi experiencia como bicho, pero la transformación duró un día nada más. Al día siguiente desperté con forma humana de nuevo. Intento relatar esto porque me sé empático ante la situación que muchos de ustedes han de estar viviendo.
 
El señor Francisco Kafka –hombre que humildemente aceptó darme asilo en su mente hace algunos años- llegó preocupado a mi casa el otro día, mientras yo tomaba café y leía el periódico. Fue una visita inesperada, debo decirles; lo usual es que el señor Kafka me avise antes de aparecerse por mi casa. Y aquel día, como de costumbre, lucía enfermo y preocupado; jamás ha tenido una vida que se pueda calificar como “tranquila”: problemas en casa, mal empleo y peor salud. Nada envidiable, debo decir. Como dije, el señor Kafka llamó a mi puerta y entró, con el semblante contraído. No había tomado asiento siquiera cuando murmuró, sin voltear a verme:
 
-Esto de despertar es cada vez más peligroso. Primero el señor Augusto con su dinosaurio que no paga renta en la habitación. Después tú, con tus hormonas de adolescente que te convirtieron en insecto. Y ahora estas pobres personas que, al despertar, recibieron la noticia de que al parecer había ganado las elecciones un hombre que, según ellos, no querían en el poder.
El señor Kafka me habló de ustedes. Me dijo, aún con la mirada perdida: “Escríbeles. Cuéntales lo que sucede cuando uno abre los ojos, en una mañana cualquiera, y descubre que las cosas, para bien o para mal, están ahí, queriéndolo ahorcar a uno.”
 
Y aquí estoy, intentando hacer lo que él me pidió. Sé que no puedo hablar mucho sobre algo que posiblemente no aplique en las circunstancias de otras personas. El señor Augusto tal vez podría hablarles mejor al respecto y con una experiencia mejor cincelada, dado su caso con el dinosaurio vividor. Incluso el señor Kafka podría aconsejarles al respecto o, al menos, hablarles de su situación en particular. El pobre hombre vive con un padre conservador, frío, exigente e impenetrable. Su único refugio a la realidad y tiranía de su país, de su existencia y cuerpo, es la fábrica de su padre, donde el señor Kafka tiene una habitación que utiliza para escribir por las noches. Dice que de noche, y sólo de noche, puede escribir, porque el ruido que sale de la fábrica durante el día es ensordecedor, y a él le gusta escuchar el rasgueo de la pluma contra el papel mientras escribe. El pobre señor Kafka; si ustedes tan sólo supieran. El temor a su padre y la impotencia que el Estado de su país provoca en él se han convertido en detonante para que el señor recurriera a los libros y a la escritura.
 
Dicen que los tiempos difíciles son, precisamente, aquellos que nos otorgan la lucidez cegadora de quien ha visto al demonio; que ante el dolor, la represión y el agua hasta el cuello, es cuando nos obligamos a nadar e intentemos combatir el infortunio. Los días difíciles son hermosos, porque son estos los que nos recuerdan aquello que llevamos enterrado en el corazón, y que sólo emerge, bajo el polvo, en un intento cruel aunque tierno por reconstruir las ruinas de lo que una vez fue el palacio de nuestros sueños. Aunque el castillo figure en las nubes y resulte inalcanzable, tiempos duros y caos son lo que más podremos agradecer, porque después de ellos comienzan a erigirse los muros que nosotros visualizamos y merecemos.
 
 Sin esas adversidades el señor Kafka jamás habría podido escribir aquellas novelas, cuentos y aforismos que, él no sabe, lo llevarán a la tan guapa y ansiada trascendencia, después de que haya muerto. En estos momentos sólo está preocupado, y en silencio, por la situación que le toca vivir, y por la que ahora pasan ustedes. El caos es un hogar cálido en el que nuestros pechos atrincherados y adoloridos habrán de encontrar y defender su nombre; si la causa es genuina y respira por sí sola. La adversidad es generosa, porque sirve de germinado para plantar aquello que debe existir, y para extirpar la mala hierba que impide podamos ver el cielo. El cielo, tierra del dios Caelus, lugar de dioses en el Olimpo, donde nos observan a nosotros, mortales, azotarnos la razón por temas intrascendentes para ellos, pero dolorosos para nosotros, que jamás habremos de pisar las nubes. No importa, dicen; porque nosotros estamos hechos para palpar el campo y la tierra con los pies, y no para hundirnos en la levedad de lo inalcanzable e incorpóreo.
 
Yo fui insecto, no dios, y aún así el mundo se me desmoronó; incluso llegué a planificar una vida insectil. Vi factible buscar restaurantes y plazoletas destinadas a bichos como yo, en los que pudiera salir a tomar el sol y pasear durante mis tiempos libres. Nadie creería que mi vida como cucaracha de alcantarilla, de escarabajo del subsuelo, duraría sólo un día y que, una vez más, mis planes como ser vivo de patitas y antenas se vieran destruidos ante el retorno a mi vida como Gregorio: el hombre de piernas y brazos. Y así pasa, todo el tiempo. Un día despertamos y nos damos cuenta de que el caos se ha detenido; que la tranquilidad regresa, poco a poco. Incluso su llegada es violenta; aprende uno a lidiar con el desorden y la soga al cuello, y cuesta trabajo volver a respirar. Advertimos que el caos, aún en su naturaleza, continúa moviendo los engranes del mundo. Que las piezas se acomodan aunque no sólo crea que pierden lugar y son sólo jugadas de los dioses: esos de allá en el Olimpo, que beben whisky de Zeus mientras nosotros no tenemos ni siquiera agua de río para beber. Dirán que es de idiotas y necios abrazar la crudeza de los días, porque nadie tiene la necesidad de vivir en el infierno cuando bien podríamos beber whisky con los dioses.
 
-Todo tiene su precio –me dijo en una ocasión el señor Augusto, mientras observaba con rencor al dinosaurio holgazán rascarse la panza –De no haber sido por él –y lo señaló, mientras el dinosaurio encendía la televisión y abría una cerveza –tal vez yo nunca habría escrito ese mini-cuento en el que explico lo cansado que es tener a un animal prehistórico robarme la cerveza y aprovecharse de mi televisión por cable día con día.
 
Si yo no me hubiera convertido en insecto, pienso ahora, tal vez no estaría aquí explicándoles que de nada sirve buscar autobuses que acepten a escarabajos, si un día vas a despertar y no podrás hacer uso del transporte público destinado a insectos, porque has vuelto a tomar forma de humano, y los camiones para bichos repudian a quien no tiene antenas ni alas. Ante esas curiosidades por las que hemos pasado el señor Augusto, el señor Kafka, y un servidor, hemos visto prudente redactar un “Manual de primeros auxilios para despertares inesperados, inspirados en la comedia y la tragedia”. No sabemos si llegará a ser útil alguna vez, pero ya habrá tiempo para descubrirlo. Tal vez no nos toque a nosotros, ni a ustedes, pero tampoco hemos dicho que los tiempos malos terminan antes que nuestras vidas. De cualquier forma, hago una invitación cordial a que, en caso de no estar terminado para cuando nosotros muramos, se tomen la libertad de engordar el Manual de primeros auxilios para despertares inesperados; nuestros hijos-insecto en potencia nos lo agradecerán. Y el dinosaurio vividor, borracho y viejo, también se dará por bien servido.
 
Isabel Hion Castro
 

Comentarios (1)

  • Diegoelee

    Diegoelee

    15 Agosto 2012 a las 14:06 |
    Excelente, gracias.

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